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Danza prodigiosa

      
Era una tarde calurosa. Una tarde más de un mes de agosto caluroso. Entre sudores y pensamientos puros iba caminando hacia algún lugar. Buscaba algo desconocido que dejaría destellos de arte y sensibilidad. Llegué a aquel lugar encontrando, tras muchos pasos perdidos en el ansia de llegar.
Abrí la puerta. Miré en aquel espacio escénico y vi paredes que reflejaban las propias paredes. Ese lugar daba una doble dimensión al espacio. Los espejos profundizaban mi visión. Me senté en el suelo de madera y esperé a que alguien entrara por una pequeña puerta. Se abrió chirriando y ese sonido fue el primero que llegó tras el silencio hasta mi capacidad acústica. Una mujer delgada, con figura admirable y con movientes sensibles, apareció. Mallas que se pegaban a su cuerpo y me ensañaban una esbelta figura que comenzaban a girar sobre su propio eje. Sus manos emulaban el movimiento de las alas de las mariposas en unos giros, subidas y bajada de brazos que comenzaban a embelesarme. Todo era solidario con la melodía que sonaba de fondo.  Deslizándose por el parqué como si de una pista de hielo se tratase, ella me sedujo con su melodía corporal. Todo estaba tan coordinado…
A veces los movimientos eran ralentizados, a veces acelerados. Su cintura basculaba de lado a lado como oscila el péndulo de un reloj que marca una hora señalada. Esa hora a la que yo deseaba llegar para poder abrazarla tras la mágica danza que ella bailaba para mí.
Así fue. Terminó. La besé. La abrace y la invité a una reconfortante ducha.
Y con la danza del amor y la pasión la invité a mi alcoba para recorrer la madrugada entre pasionales besos. Pasión desenfrena durante toda la alborada que sólo fue rota a la llegada del alba.


Paco Morán (8-8-2012)

Nada seducen más que clavar mi mirada en tus sensuales movimientos

Narraciones escritas por Paco Morán









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