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La tumba de Enrique


Era una tarde fría de invierno y como cada semana, tomé la solitaria avenida que me trasladó al lugar donde el sacrilegio no es un delito. Comenzaron a caer las primeras gotas de agua desde un cielo oscuro. Me refugiaba de ellas con un sombrero negro y una gabardina gris a la que alcé sus cuellos. El viento movía las hojas de los abetos que formaban la vereda que me conducía a mi destino. Nunca podré olvidar esa melodía que componía la naturaleza.

Caminé con la mayor delicadeza. Oía la más sutil de las sinfonías. El viento, los truenos, la lluvia al contacto con la acera adoquinada y las hojas de los árboles mecidas por el fuerte viento, coordinaban cada nota sinfónica. Tampoco olvidaré el aroma que se desprendía desde el suelo cuando el agua de la lluvia se mezclaba con la tierra. Tierra mojada que segregaba una humedecida e inolvidable fragancia.

Pude llegar al fin a la tumba de mi amigo Enrique. Una tumba que adornaba una cruz de mármol blanca que se elevaba hacia el balcón del oscuro cielo. Enrique fue un hombre que siempre, desde que lo conocí, viajaba por el mundo con una maleta llena de tierra por si él mismo tenía que enterrarse. Siempre le vi tan solo que pensé que cuando su muerte llegase él mismo tendría que darse la bendición, hacerse su misa y sepultarse.

Pero también supe que alguien le lloraría para recordarle siempre, al menos una persona. Eso lo asumí claramente. Sobre la lápida, había depositado un papel mojado que era pisado por una piedra llena de barro. Una piedra que habría sido extraída de un húmedo lugar, ya que el verdín que acumulaba a su alrededor así me lo hizo deducir. Me incliné para ver que podría haber escrito en ese papel. Lo abrí, y vi al final del escrito la firma de Enrique Ternero.

“Cuando yo era joven y libre. Cuando mi imaginación carecía de límites, soñaba con cambiar el mundo. Cuando me volví más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no cambiaria, por mucho que yo me pudiera esforzar. Así, de esta forma, acorté mis anhelos un poco y decidí tan solo cambiar parte de mi país, pero éste también parecía inmutable y se resistía al cambio. 

Cuando comencé a entrar en el ocaso de mi vida, en el último deseo y desesperado intento, decidí cambiar tan solo el comportamiento de mi familia, el de esas personas que me rodeaban, pero fue inútil, también fracasé en mi intento. A nadie pude amoldarlo a mi forma de ver la realidad de las cosas y acontecimientos. Ahora que me encuentro en mi lecho de muerte y repentinamente me doy cuenta de algo, pero ya es inútil”. 

Pude leer esta carta de Enrique con los ojos cerrados, no quería abrirlos, me daba igual ver lo que me rodeaba, pero hubo un momento en el que necesitaba abrir mis ojos. Necesitaba abrir mis ojos y no para ver, sino para llorar. Recordaba las más hermosas y ricas conversaciones que con el viejo amigo mantuve durante su vida, y eso, provocó en mí la angustia y el llanto.

Ya me marchaba, y aún continuaba lloviendo. Pisaba las hojas de los árboles que habían caído durante el otoño y chirriaban cuando las pisaba. Parecía que también se estremecían las hojas contagiadas por el dolor que yo sentía. Cuando de repente, un estruendo trueno, martilleó mis oídos para pasar de inmediato al silencio repentino. Oí una voz en la lejanía que decía: “Si en vez de haber intentado cambiar el mundo, hubiese cambiado yo, entonces hubiese podido cambiar a mi familia y a mis amigos. Por el valor y la inspiración, hubiese podido cambiar mi país y a lo mejor hubiese podido cambiar el universo”. 

Paco Morán (2-5-2002)

No muere quien no ha vivido 


Enrique Ternero (12-6-1996)

Narraciones escritas por Paco Morán









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